El Señor Ministro de Economía y Finanzas, al evaluar el 2011, resalta como hecho positivo que la demanda interna estaría sustituyendo a las exportaciones como factor de crecimiento. Varios analistas y académicos en el campo de la economía han comentado esta opinión en Página Siete, ofreciendo cifras e indicadores para apoyar o refutar la interpretación del Ministro.
El sentido común dice que el crecimiento sostenido de la economía, requiere equilibrio entre la oferta y la demanda. Implica, necesariamente, distribuir la renta que genera la producción para garantizar que los trabajadores y los hogares tengan un nivel de consumo compatible con la capacidad de oferta del aparato productivo. Como el salario es el mecanismo más oportuno y eficiente de distribución, la condición necesaria para el crecimiento sostenido no es re-distribuir la riqueza acumulada (excedente) –lo sugiere la teoría del goteo−, sino la distribución directa conforme el trabajo crea valor. Crear puestos de trabajo y oportunidades de empleo con una justa remuneración, fortalece la demanda (consumo) que, a su vez, alienta las inversiones para crear nuevos empleos y expandir la economía. Desde el lado de la oferta, el aparato productivo debe satisfacer esa demanda (y exportar excedentes); producir sólo para mercados externos, en especial mediante procesos intensivos en capital, contribuye a concentrar riqueza (desigualdad) y al desempleo.
En consecuencia, el mercado interno puede impulsar un crecimiento económico “socialmente pertinente” sólo si puede crear empleos dignos y productivos. Desde esta perspectiva, los sectores que muestran mayor crecimiento el 2011 no contribuyen al desarrollo de un mercado interno que sea “motor del crecimiento”: los recursos naturales (hidrocarburos y minerales) constituyen un 80% de las exportaciones pero ocupan a no más del 2% de la PEA; los sectores de demanda interna con “excepcional” crecimiento (Electricidad, gas y agua; Construcción; Transporte; Sector financiero), además de ser sectores “no transables”, tampoco contribuyen mayormente al empleo (12%) aunque si al del PIB (35%).
Volviendo al rol del mercado interno, la evolución de la Demanda Agregada Final, DAF (consumo del Estado y hogares, más inversiones y más exportaciones) muestran una sostenida reducción relativa del consumo interno “real” –el que refleja el consumo de las personas−, característica que es compatible con la observada precarización del empleo e ingresos en amplios sectores, a pesar del “bienestar macroeconómico”. Así, en 1990, la demanda estaba compuesta en 72% por consumo, 10% inversiones y 18% exportaciones; en 2005 el consumo representa el 63%, la inversión 11% y las exportaciones 26% de la DAF; con datos preliminares al 2011, el consumo baja al 61%, la inversión es 13% y las exportaciones el 26%. Específicamente, el consumo de los hogares se redujo del 62% en 1990, al 53% en 2011.
Finalmente, la incidencia de los sectores en el crecimiento del PIB para los períodos 1990 al 95, y 2006 al 2011, muestra una caída en la incidencia de la agricultura y la manufactura (intensivas en empleo) mientras crecen los impuestos, el sector extractivo y los servicios. En promedio, los impuestos suben del 9,7% (90-95) al 14,7% (06-11) y el sector extractivo pasa del 11% al 16,8%; la agricultura cae del 13,5% al 5.8% y la manufactura del 19,2% al 16,8%.
En conjunto, estas tendencias implicarían debilitamiento de la demanda interna “real”.
En síntesis, estrictamente, como interpreta Marcelo Montenegro, es cierto que el consumo interno (sumando consumo e inversión, públicos y privados) representan la mayor parte del PIB (el sector extractivo es menos del 20%), pero esto no significa que el mercado interno hubiera desarrollado las condiciones de dinamismo como para «blindar» al crecimiento de los efectos del comercio exterior.
Por ello, aunque la tendencia de largo plazo no apoye su hipótesis, creo que los comentarios del Ministro de Economía son oportunos. Al margen de la danza de cifras, resaltan la importancia y la urgencia de acciones para desarrollar efectivamente el mercado interno como la condición necesaria de un crecimiento “para la gente”, lo que implica adoptar una agenda de desarrollo en la que los objetivos de las políticas públicas sean el empleo productivo, como fuente de creación de valor, y la justa y oportuna distribución del producto como garantía de equidad. El crecimiento será simplemente una consecuencia directa de tales políticas.