¿Fracasó el Socialismo del Siglo XXI (SSXXI)? Excepto para quienes no quieren verlo por convicciones o intereses, los cambios en los países “simpatizantes” (Perú, Brasil y Argentina), la crisis político-fiscal del Ecuador y, muy especialmente, la dramática e inocultable crisis política, social, económica e institucional venezolana, son realidades que inclinan la respuesta hacia la afirmativa.
La “derecha reaccionaria” debe estar batiendo palmas y es incluso posible que “el imperio” hubiera contribuido a los desenlaces que observamos. Pero afirmar que esa derecha o el imperio son la causa del fracaso del SSXXI, es un simplismo tan extremo como afirmar que ninguna forma de socialismo es posible. Hay causas más directas e inmediatas del fracaso; para identificarlas, pongo como referencia un éxito socialista, con la China como ejemplo.
China comunista partió de una realidad de alta pobreza hace 40 años, y hoy es una potencia mundial de primer orden. Se puede argumentar que lo logró con un enorme impacto ambiental, o que no es un socialismo deseable porque no es ejemplo de libertad política y de “democracia”. Pero, objetivamente, sacó de la pobreza a casi 1.000 millones de personas a un ritmo de unos 110 millones de personas POR AÑO en los primeros 7 años de su apertura (iniciada en 1978). Son cifras enormes que el Banco Mundial califica como “hazaña extraordinaria”: ningún país en la historia ha logrado tal nivel de reducción de la pobreza en tan corto tiempo.
¿Cómo lo hizo? China fija y persigue sus objetivos nacionales de desarrollo gobernada por una estructura dirigente conformada por una elite altamente educada y seleccionada con estrictos criterios meritocráticos. Cierto, no perjudica ser pariente directo de un fundador del Partido o de algún destacado jerarca, pero los requisitos absolutos para acceder a los altos cargos públicos son la probada experiencia en asuntos de gobierno, y una sólida educación especializada en las funciones a ejercer, capacidades que los funcionarios deben probar continuamente.
A pesar de esta estructura superior elitista, destaca el pragmatismo en la búsqueda de soluciones. Jack Lifton (“Los dos capitalismos”) describe que “cuando reconocen una ‘crisis’ –es decir, ‘cuando las cosas no van como deberían ir para alcanzar los objetivos’–primero estudian a fondo el problema sacándolo a la vista y al escrutinio público; tras varias formas de consulta, aplican las soluciones propuestas por los expertos con las mejores credenciales en el tema.” En síntesis, toman decisiones sobre hechos concretos, identificados con un seguimiento técnico-profesional de los procesos y las metas; no sobre deseos y menos sobre las interpretaciones “ideologizadas” de la realidad.
Siguen la orientación que dio Mao Zedong para salvar su economía en los años 1970: “dejemos que miles de capullos florezcan” (significando “probemos todo lo posible”). Bajo Deng Xiaoping, su brillante sucesor y autor de “no importa el color del gato con tal que cace ratones”, China se desafió a volverse rica y poderosa, para lo que permitió el uso del capitalismo como un medio posible si éste permitía alcanzar los objetivos de los más prometedores “capullos en flor”. Los actuales líderes son menos carismáticos que Mao o que Deng, pero están igualmente comprometidos con las metas. Han promulgado el Capitalismo Con Características Chinas (CCCC) como medio para la autosuficiencia en la producción y en el abastecimiento de bienes “críticos para el futuro de la sociedad.”
El SSXXI es un total contraste con la China. En vez de priorizar consensos sociales sobre metas concretas de desarrollo, las dirigencias políticas del SSXXI privilegiaron el culto a la personalidad y el caudillismo; bajo el eufemismo de “inclusión política”, desahuciaron expresamente la meritocracia en favor del clientelismo y la prebenda: cualquier persona –siempre que sea del grupo de poder– accede a los más altos cargos al margen de su especialidad o de su capacidad (si las tuviera); “leen” la realidad según las convicciones ideológicas, y priorizan los “problemas” y adoptan las “soluciones” que mejores réditos políticos les puedan ofrecer a corto plazo.
Los resultados son que el SSXXI no mostró mejor desempeño en la reducción de la pobreza que el resto de la región; aumentaron la burocracia, la opacidad en la gestión pública, la desinstitucionalización y la corrupción; lejos de avanzar a la diversificación productiva, profundizó el extractivismo capitalista, el consumismo y la financiarización; e incumplió su principio que “la economía se debe poner al servicio de la primacía del factor trabajo sobre el factor capital”.
Es decir, olvidó que una meta central del socialismo es garantizar a todos un empleo digno, productivo y sostenible: no ofreció alternativa socialista alguna en este ámbito a la incapacidad del modelo económico capitalista y de sus antivalores. La macroeconomía ha estado directamente marcada por los ciclos internacionales de precios; se orienta por expectativas desarrollistas y privilegia el crecimiento orientando las inversiones hacia infraestructura o actividades intensivas en capital (que no generan empleo sostenible); y la “redistribución” se reduce a transferencias asistenciales que dependen de los volátiles ingresos por la exportación de materias primas.
En términos Gramscianos (al que se recurre frecuentemente para explicar y aplicar el SSXXI), se diría que el SSXXI nunca conformó una “hegemonía dominante” capaz de transformar la sociedad. Ni la dirigencia (la “sociedad política”) ni los operadores de la transformación (los “intelectuales orgánicos”) fueron capaces de generar conceptos y modelos propios de gestión –fiscal, (macro) económica y de cohesión social– que permitan construir nuevas relaciones de participación, de propiedad, de formas de producción, de creación de valor y de distribución del ingreso, para atender las necesidades de la sociedad y dar certezas sobre la superioridad de la propuesta socialista frente al capitalismo dependiente.
Gramsci anticipó que “si la clase dominante pierde el consenso y ya no es dirigente sino solamente dominante –porque detenta la fuerza coercitiva–, significa que las grandes masas se separaron de la ideología y ya no creen en lo que antes creyeron. Tal ruptura supone que las orientaciones de la clase dominante ya no tienen justificación ideológica frente a las otras clases”, situación que marca el inicio de la disgregación (el fin) de la hegemonía dominante.
La declinación del apoyo al SSXXI después de una década de control total del poder, muestra que no se logró construir una hegemonía dominante. Pero, específicamente, apunta a un fracaso de los intelectuales orgánicos al proceso ya que, citando una vez más a Gramsci, ellos son “los organizadores de la función económica del proceso con la tarea de inducir, entre su clase y en la sociedad, una toma de conciencia sobre la comunidad de intereses, y sobre la concepción homogénea y autónoma del mundo que impone la hegemonía dominante”; específicamente, “el intelectual está insertado activamente en la vida práctica, como operador, constructor, organizador, no como simple orador”.
En consecuencia, no se trata de un fracaso del socialismo; es, en esencia, el fracaso de una “izquierda de balcón” que se limitó a capturar el poder político y a buscar el control de la institucionalidad para mantenerlo; y que ha sido incapaz de concebir y adoptar las bases concretas –social y económicamente sostenibles– sobre las cuales construir la sociedad que se aproximaría al ideal socialista: democrática, solidaria, creativa, abierta, productiva, y respetuosa de la naturaleza.
En síntesis, en los hechos el SSXXI fracasó como la propuesta de “transformación política hacia el socialismo” no por designios del imperio, sino por acciones u omisiones identificables al interior de estos procesos. Pero quedan temas por explorar: ¿escapa Bolivia de este diagnóstico por sus altas tasas de crecimiento? Si no fuera el caso, ¿que nos corresponde hacer como sociedad civil y como intelectuales frente a los reiterados fracasos de “los políticos”?
Estos temas serán abordados en ensayos siguientes.
Enrique Velazco Reckling