El mes pasado fui invitado por las Universidades de Pula (Croacia) y St. Mary’s (Halifax-Canadá) como expositor en un coloquio cerrado sobre “América Latina en la era pos neoliberal: perspectivas para una transición equitativa y sostenible”. El objetivo era avaluar si los recientes procesos en América Latina podrían consolidar un nuevo modelo de desarrollo económico y social −pos neoliberal y no capitalista− basado en la equidad, la sostenibilidad ambiental, la participación democrática y la genuina inclusión de todos los ciudadanos.
Destaco las conclusiones relevantes. Primero, hoy coexisten muchas formas de “capitalismo”, incluyendo algunas progresistas. Segundo, romper con el capitalismo o pretender adecuarlo en beneficio de los menos privilegiados, requiere necesariamente superar, dentro la teoría económica dominante, al menos el dogmatismo neoliberal. Tercero, el dogmatismo teórico dominante en la academia al que se aplica la advertencia: la ciencia se corrompe cuando abandona la disciplina de la validación o refutación empírica, y se debilita si confunde suposiciones con hechos, y su filosofía preconcebida con la realidad. Y, cuarto, la “izquierda” –así, entrecomillada y en cursivas− ha preferido asimilar modelos ortodoxos de crecimiento antes que desarrollar los conceptos y alternativas efectivamente pos neoliberales y no capitalistas.
Este último aspecto es particularmente evidente en América Latina. Ninguno de los países que profesan estar en tránsito hacia fuera del neoliberalismo (y del capitalismo), muestran esfuerzos evidentes por eliminar de la macroeconomía los elementos esenciales del dogma neoliberal. Siguen el recetario general del FMI/BM que incluye “prioridades” como: atraer inversión extranjera; liberalizar el mercado laboral; privilegiar el control de la inflación a la generación de empleo digno; ocultar la pérdida en capacidad de consumo de los ingresos laborales promoviendo (¡como rasgo de modernidad!) la financiarización y el endeudamiento de los hogares; etc.
Esas políticas alimentan un desenfreno desarrollista con fuertes impactos ambientales; pero, peor aún, distorsionan los valores sociales y debilitan la institucionalidad sobre la que se debería construir el desarrollo económico y social, pos neoliberal y no capitalista.
¿Hay realmente alternativas desde la IZQUIERDA para revertir estas tendencias? Las hay, si nos atrevemos a pensar fuera de la caja conceptual impuesta por el neoliberalismo. Las siguientes proposiciones (INASET, 2001) son ejemplo de posibles bases para una concepción alternativa del crecimiento con desarrollo:
- El capital (la inversión) no es el factor que determina el crecimiento ni, menos, el desarrollo. El trabajo precede al capital y es el origen de la riqueza en la sociedad; por ello, las personas deben ser las beneficiarias directas y finales del crecimiento
- Las políticas sectoriales (fiscal, monetaria, cambiaria, etc.) deben ser funcionales a los objetivos de creación de empleo digno y al incremento permanente de la productividad
- Las políticas de “redistribución” (teoría del goteo desde el Estado), no pueden sustituir la equitativa distribución, vía salarios, del ingreso que genera la productividad del trabajo
- Las formas preferentes de producción son colectivas o participativas, especialmente en cuanto a la distribución del valor agregado, aunque son aceptables formas capitalistas de emprendimientos que se ajusten a los principios y normas sobre la creación de valor y distribución del ingreso
- El extrativismo rentista debe sustituirse por estrategias focalizadas en proyectos “extrac-tégicos” en los que los beneficios para el conjunto social superen los costos ambientales y sociales que la sociedad esté dispuesta a aceptar
Estas proposiciones –y las políticas que se derivan de ellas− rompen los “modelos aceptados de crecimiento”. Sólo serían no-viables a priori dentro el paradigma neoliberal. Por ello, hay mucho espacio para concebir –siempre fuera del neoliberalismo− las utopías que deberían definir el curso de la historia a partir de la próxima (¿y cercana?) crisis: el curso que sigue la sociedad después de una crisis, depende de las ideas disponibles en el momento.
“Las ideas, no importa cuán bizarras o locas, cambian el mundo y lo seguirán haciendo”, dijo alguien y “seamos realistas, soñemos con lo imposible” era la consigna de juventud. Ojalá muchos más “soñadores con los pies en la tierra” se sumen a una reflexión compartida que permita posicionar estos temas fundamentales en la agenda de los debates prioritarios.
Enrique Velazco Reckling